martes 30 de junio de 2009
viernes 19 de junio de 2009
78. LA NARIZ
por el ascensorista 2 OPINIONES Enlaces
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miércoles 17 de junio de 2009
77. MUY SOBRIO Y DESESPERADO
por el ascensorista 0 OPINIONES Enlaces
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sábado 13 de junio de 2009
76. PARA DEVOTOS
por el ascensorista 2 OPINIONES Enlaces
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viernes 29 de mayo de 2009
75. EN EL SALÓN DE PROUST

El príncipe se dijo, como quien acaba de probar otra llave para una cerradura: “Ésta tampoco es”, y, al sentirse un poco sofocado cuando acompañaba al Sr. de Norpois hasta la puerta, pensó: “¡Huy, huy! Esos pájaros me van a dejar palmar antes de admitirme. Hay que darse prisa”.
La parte de Guermantes (MARCEL PROUST)
En la tercera entrega de la Recherche, empujado por frases de morosa cadencia, el narrador se diluye en los salones de la marquesa de Villeparisis. El narrador se diluye, decía, y la parsimonia del gran estilo proustiano se pierde, y enreda, en el coro que componen las voces fantasmales de anfitriones y convidados ―el Sr. de Norpois, Saint-Loup, Charlus, Bloch…― a los salones de una nobleza crepuscular. Proust había ya antes ensayado, puntualmente y de forma más tímida, el sfumato de su narrador, pero no es hasta Guermantes cuando el lector se encuentra con el apocado Marcel casi por entero desvanecido y ha de vagar, el lector entonces, como otro fantasma más, si se quiere ver así, entre voces espectrales y conversaciones sesgadas, interrumpidas a su vez por otras voces y más conversaciones y opiniones políticas ―el caso Dreyfus― y algunas confidencias también.
En ese vagar a Proust, quizá, le sobraba el narrador en primera persona y, en tal encrucijada, no tiene reparo en introducir ocasionales pensamientos de otros personajes sin provocar, aun recurriendo a una sospechosa voz omnisciente, desconcierto en el lector. Proust parece suspender, por expresarlo de algún modo, la coherencia del relato ―o de su narrador― y, no obstante, ello no es origen de confusión, seguramente, porque la voz desvanecida, tras varios centenares de páginas, sigue resonando con insistencia en el paladar del lector. Y es que, llegados a los salones de Villeparisis, y después de Guermantes, el turbador descenso, a través del tiempo y la conciencia del otro Marcel, resulta de tal entidad que, la posibilidad de imaginarse o conjeturar, y hasta evocar pensamientos ajenos, no se alza sino en prueba de haberse asomado, con fortuna, a las más angostas simas de la singularidad.
Y así, en fin, no mucho después de que hayamos abandonado el salón de la marquesa de Villeparisis, el narrador, ya de nuevo figurado, afirmará: Los necios se imaginan que las grandes dimensiones de los fenómenos sociales son una ocasión excelente para profundizar más en el alma humana; deberían comprender, al contrario, que bajando a las profundidades de una individualidad es como tendrían oportunidad de comprender dichos fenómenos. Proust confirma entonces, así me lo parece, una de las múltiples elucidaciones de su gesta: Descender hasta el rincón más remoto de la individualidad para desde ahí escuchar, sin interferencias, lo que nunca pudo ser oído ni apenas recordado.
La parte de Guermantes se encuentra editado por la editorial Lumen, en traducción de Carlos Manzano.
Imagen: Une soirée, Jean Béraud.
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martes 26 de mayo de 2009
74. SECUENCIA(s)... en el túnel de lavado
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viernes 22 de mayo de 2009
73. LAS CIUDADES VISIBLES
Las ciudades invisibles , de Italo Calvino, está editado por Siruela.
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domingo 17 de mayo de 2009
72. SUITE GOULD (en apenas tres movimientos)
Primero. Glenn Gould, así lo podría pensar uno al escuchar sus Suites inglesas, construía sus interpretaciones al piano sobre un estilo tan hermético, en parte opaco, y personal también, que difícilmente, a través de él, de su estilo al fin, cabe apreciar el objeto mismo de tales interpretaciones. Y tal vez eso, asimismo, lo hermana, al margen de otras etiquetas, con los más grandes pianistas de Jazz. Acaso lo hermana su estilo inamovible y poco permeable, y su manera de interpretar desde un mismo lugar —su estilo— la Appassionata o estas Suites Inglesas y, acaso también, y como muestra más evidente, el poco respeto hacia la música escrita, una mera excusa, un pretexto quizá para el cabalgar de su estilo, como cabe concluir tras la escucha de sus dos Variaciones Goldberg de 1955 y 1981.
Segundo. Glenn Gould, podría asimismo pensar uno al escuchar sus Suites inglesas, prefería a Bach sobre todos los compositores habidos, y lo elegía a él, y precisamente a él y no a otro casi siempre, porque Bach, antes que ninguno, provoca, con su música, la misma geométrica y absoluta perplejidad que irradia un buen solo de jazz, uno de Thelonious Monk, por poner un ejemplo. Glenn Gould podría, por tanto, sin exageraciones, y sin que deba esto tomarse por una boutade, ser considerado un músico de jazz que, a su vez, con frecuencia, interpretaba la música de otro músico de jazz o, lo que es lo mismo, y para evitar malentendidos, un músico de inquebrantable e inamovible estilo que deformaba, a su pesar, supongo, las partituras de otro músico asimismo de inquebrantable estilo.
Tercero. Glenn Gould, podría ya por último pensarse al escuchar sus deformaciones de las Suites inglesas del inquebrantable Bach, resulta, en un sentido musical, un intérprete con una idea del ritmo, y de la exageración, tan irritante, y asimismo para otros tan deslumbrante, como lo ha sido, en un sentido literario, la obra de Thomas Bernhard, razón ésta por la que, supongo, el escritor austriaco lo eligió, en El malogrado, como personaje, y a su vez intérprete, por supuesto memorable, como casi todos los suyos. Y, dicho esto, apenas cabe concluir que, tanto en el caso del inquebrantable Gould, como en él del inquebrantable Bernhard, la partitura importa, a ellos y, por supuesto, al oyente o al lector, más bien poco.
vídeo de Glenn Gould en acción (Variaciones Goldberg 1981)
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